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El llamado del sacerdote al celibato

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Archbishop Blair

No hace mucho tiempo, la atención de los medios de comunicación se centró en un comentario del Papa Francisco sobre el estudio de la posibilidad de la ordenación sacerdotal para selectos hombres casados en lugares remotos que están en extrema necesidad de un sacerdote para celebrar los sacramentos. “Pero”, advirtió, “el celibato opcional no es la solución”.

Es cierto que el celibato no es absolutamente necesario para la ordenación sacerdotal. La Iglesia Católica Latina ya tiene algunos sacerdotes que se casaron antes de ser recibidos en la Iglesia Católica y luego ordenados, al igual que las Iglesias católicas orientales. Lo que es preocupante es que muchos católicos tienen poca o ninguna apreciación de los orígenes bíblicos y el valor espiritual del celibato.

 

Comencemos con algunos de los fundamentos sobre el celibato en la Escritura:

El celibato puede definirse como la renuncia al matrimonio por razones religiosas (la virginidad y la continencia voluntaria son otras formas de referirse a la misma realidad). La institución del celibato como un estado cristiano en la vida se describe en Mateo 19 siguiendo la enseñanza de Jesús contra el divorcio: “Los discípulos le dijeron: ‘Si ésa es la condición del hombre que tiene mujer, es mejor no casarse.’” Pero Jesús les contestó: “No todos pueden aceptar lo que acabo de decir, sino solo aquellos que han recibido este don. Hay hombres que han nacido eunucos. Otros fueron mutilados por los hombres. Hay otros todavía, que se hicieron tales por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!” (versículos 10-12).

El judaísmo tenía poca consideración por los solteros, y parece que el término ofensivo “eunuco” pudo haber sido usado como una especie de insulto a Jesús porque no estaba casado. Pero, ¿cómo hace Jesús para cambiar esta insinuación ofensiva? Reconoce que algunos pueden ser solteros debido a algún defecto natural, o la maldad de otros o las circunstancias de la vida. Pero luego dice algo totalmente nuevo. Él introduce la posibilidad de ser soltero ” por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!”. Las palabras de Cristo serán entendidas por aquellos que reciben la gracia de entender esto como parte de un nuevo orden de cosas, el orden de la redención.

El celibato muestra cuál será la condición final de hombres y mujeres en el Reino. El celibato de unos pocos es un signo profético para el beneficio de muchos. Les recuerda que aunque el matrimonio es santo, hermoso y redimido por Cristo, no lo es todo. El matrimonio es una realidad que está ligada a este mundo y, por lo tanto, transitoria. Como dice Jesús: “Los hombres y mujeres de este mundo se casan, pero los que sean juzgados dignos de entrar en el otro mundo y de resucitar de entre los muertos, ya no tomarán marido ni esposa” (Lucas 20:34-35). Como dice un autor, el celibato “para el Reino de los Cielos” es un recordatorio a la gente casada de la primacía del espíritu y de Dios. Les recuerda que Dios nos ha hecho por sí mismo y por lo tanto nuestros corazones estarán siempre “insatisfechos” hasta que descansen en él.

Un segundo pasaje en el Nuevo Testamento viene de San Pablo. En la Primera Carta a los Corintios, dice que “Yo quisiera verlos libres de preocupaciones”. Pablo dice que la persona soltera está preocupada por los asuntos del Señor y por cómo agradarle, mientras que la persona casada se ocupa de asuntos mundanos – cómo complacer a su cónyuge – y así que está dividido. “Al decirles esto no quiero ponerles trampas; se lo digo para su bien, con miras a una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor” (1 Cor 7: 32-35).

La “preocupación indivisible” de San Pablo por “los asuntos del Señor”, vuelve a centrar la atención en el Reino por venir, así como presenta una aplicación práctica. Un libro sobre celibato sacerdotal publicado hace varios años incluye ensayos de un ministro no católico y su esposa. El ministro protestante casado escribe: “Después de más de una década en el ministerio ordenado, he llegado a la conclusión inesperada de que hay un caso convincente para la separación disciplinada de la vocación clerical y matrimonial. Uno puede servir y honrar a Dios en ambos, por supuesto; pero la fragilidad humana se entromete. … En algún momento, casi todos los miembros casados del clero deben tomar una decisión: ¿A cuál de mis votos, el de mi oficina o el de mi cónyuge, le debo mayor lealtad? . . . Implícitamente, el reto está presente: sacrificaré uno en el altar del otro” (Priestly Celibacy, P. Stravinskas, ed. Newman House, 2001, p. 86f).

Mucho más se podría decir de la Escritura, incluyendo la promesa de Cristo a aquellos que dejan a sus padres, esposos y propiedades por su causa; la virginidad de María y Juan el Bautista; y el tratamiento del matrimonio y la virginidad en el Libro de Apocalipsis. Me atrevo a decir que a la luz de las Escrituras la pregunta no es: ¿Por qué la vida de la Iglesia Católica incluye el celibato? La pregunta es: ¿Por qué no todas las iglesias cristianas lo practican y lo honran de alguna manera?

 

Ahora me gustaría decir algo sobre el celibato en la historia de la Iglesia.

Lo que la mayoría de la gente, incluidos los católicos, han oído hablar del celibato proviene de un retrato secular de la historia católica, la enseñanza y la práctica a menudo basada en la ignorancia o incluso un sesgo anticatólico. El celibato sacerdotal se presenta casi siempre de la siguiente manera: “La mayoría de los apóstoles estaban casados. El celibato fue opcional durante siglos. La Iglesia lo impuso a los sacerdotes por sus propias razones, como la protección de la propiedad. El celibato debe ser abandonado si hay escasez de sacerdotes”

Escuche lo que uno de los más grandes académicos bíblicos católicos de América, el difunto padre Raymond Brown, tiene que decir: “A menudo se da la falsa impresión de que el celibato sacerdotal es una imposición medieval. Es cierto que una ley aplicable a toda la Iglesia occidental deriva de la Edad Media. . . pero en ciertas áreas de Occidente la costumbre del celibato para los sacerdotes puede ser documentada alrededor de año 300. Incluso en las áreas donde había un clero casado, generalmente el matrimonio tenía que ser acordado antes de la ordenación; era muy extendida la costumbre de que un sacerdote ordenado no podía casarse. La primera ley que impone el celibato apareció en España en el año 306, y el movimiento fue tan fuerte que el Concilio de Nicea (325) debatió la conveniencia de hacer obligatorio el celibato para el clero” (Priest and Bishop, nota, p. 26).

El padre Brown explica; “En el Nuevo Testamento no se exigía el celibato de todos los que siguieron a Jesús o incluso a los Doce, sino que fue sostenido como un ideal para aquellos que fueron capaces de soportarlo” (Mateo 19:12; 1 Corintios 7:7-9). Puesto que este ideal fue sostenido precisamente por el Reino de los Cielos, desde un período muy temprano la Iglesia no ha considerado ilógico buscar candidatos dispuestos a vivir por el ideal del celibato entre aquellos que quieren dedicarse de una manera especial a la promoción del Reino de los Cielos. Al establecer una ley que sólo permite un clero célibe, la Iglesia Católica Occidental ha dado un testimonio público a gran escala de la vida célibe” (ibid.).

La conclusión es que el celibato, procedente de Cristo, no sólo era altamente estimado, sino también practicado desde el principio. Una erudición reciente ha sostenido que el celibato sacerdotal es apostólico en sus orígenes, y no un desarrollo posterior. La primera tradición cristiana no es unánime en cuanto a qué los apóstoles estaban casados, pero sugiere que aquellos apóstoles que estaban casados vivían en una condición de abstinencia conyugal de acuerdo con Lucas 18:28-30, donde leemos: “Pedro dijo: ‘Ya ves que nosotros hemos dejado todo lo que teníamos y te hemos seguido’. Jesús respondió: ‘Yo les aseguro que ninguno dejará casa, esposa, hermanos, padres o hijos a causa del Reino de Dios sin que reciba mucho más en el tiempo presente y, en el mundo venidero, la vida eterna’”.

Otra acusación es que la Iglesia Católica ha puesto una interpretación demasiado amplia sobre las palabras de Jesús sobre el celibato voluntario por el bien del Reino, imponiéndolo a todos sus sacerdotes. No puedo mejorar la sucinta respuesta de otro sacerdote, el padre Raniero Cantalamessa. Él escribe: “Es cierto que Jesús no impuso la elección del celibato, pero tampoco la Iglesia la impone, mucho menos prohíbe que alguien se case. Ver el celibato de los sacerdotes católicos bajo esta luz es una grave distorsión. La Iglesia sólo ha establecido esto como uno de los requisitos para aquellos que desean ejercer el ministerio sacerdotal, que sigue siendo una elección libre. La Iglesia copia el acercamiento de Jesús al joven rico y dice: ‘Si quieres trabajar conmigo, acepta una vida de castidad y luego ven a servirme’. ¡Si quieres!, puesto que el sacerdocio es un llamado a servir a la Iglesia como compañeros de trabajo del Obispo, seguramente tiene el derecho de determinar los requisitos para tal servicio” (Virginity, p. 13). Podríamos decir que con el paso del tiempo, el valor evangélico del celibato no se ha exigido menos, sino más bien entendido como parte del discipulado del clero.

Dentro de la memoria viva de muchos de nosotros, el celibato clerical recibió su reafirmación más definitiva en el Concilio Vaticano II. La Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium elogia el celibato como “un incentivo para la caridad” y “una fuente particular de fecundidad espiritual en el mundo” (no. 42).

A partir de esta afirmación, el Decreto del Concilio sobre la Vida y el Ministerio de Sacerdotes continúa explicando la “multifacética aptitud del celibato para el sacerdocio”. Después de reconocer todas las raíces bíblicas del celibato antes mencionadas, los Padres Conciliares enseñan que el actual requisito de Celibato “en la medida en que concierne a los destinatarios del sacerdocio, el Santo Sínodo lo aprueba y confirma de nuevo. Confía plenamente en que este don del Espíritu, tan apropiado para el sacerdocio del Nuevo Testamento, será dado en abundancia por el Padre, siempre y cuando los que participan en el sacerdocio de Cristo a través del sacramento del Orden, así como Toda la Iglesia, oren con humildad y fervor por él” (no. 16).

Desde hace medio siglo, la Iglesia ha buscado con notable dedicación y generosidad la visión del Concilio y responder a su desafío de renovar la Iglesia para que pueda cumplir con mayor eficacia su misión evangelizadora en nuestra época. El Concilio habló de una “plena confianza” en que este don del Espíritu “será dado en abundancia por el Padre”. Necesitamos tener fe en lo que el Concilio enseña sobre el celibato sacerdotal, y compartir su confianza sobre cuán abundante otorgará esta gracia el Padre, siempre y cuando “oremos humildemente y con fervor por ella”.

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